El enfoque teórico desde el que vamos a trabajar en este taller, parte de la Terapia Gestalt, entendida más como una filosofía de vida que como una serie de técnicas terapéuticas.
Las tres premisas esenciales de esta forma de entender el mundo se basan en aprender a darse cuenta del aquí y ahora y responsabilizarse de aquello que se descubre.
Tomar conciencia ayuda a entender qué está pasando de verdad y no lo que se cree o se piensa que sucede.
En todas las relaciones y en especial en la relación de pareja, tan importante es aprender a entrar en contacto con uno mismo, como adoptar una actitud de escucha que, en términos gestálticos llamamos la escucha activa.
Creemos que escuchamos al otro, pero en realidad lo que hacemos es escucharnos a nosotros mismos. No damos tiempo para “entender” al otro, ni tampoco para poder contactar con lo que está sucediendo dentro de mí.
Escuchar al otro significa poner atención no sólo a lo que está diciendo, sino a cómo lo está diciendo y también a qué estoy sintiendo mientras escucho y no sólo a lo que pienso u opino sobre lo que escucho.
Aprender a escuchar y sentirse escuchado, significa comunicarse y permite establecer con la pareja un contacto más auténtico, más sincero y desde este contacto diferente, observar y reconocer qué nos sucede.
Para resolver las dificultades es esencial comprender lo que está sucediendo y para ello es necesario “darse cuenta” de lo propio y de lo que está vivenciando el otro.
Y para lograrlo, es necesario parar y observar.
En muchos casos sería mucho más interesante, más práctico y nos evitaría meternos en una espiral de discusión sin fin, darnos un tiempo antes de responder, pero lo habitual es precipitarse antes de que el otro acabe su argumento, para replicar con las propias opiniones, razones o justificaciones.
En pareja, tenemos la idea loca de que el otro se dará cuenta de nuestros problemas, de lo que nos está pasando, de lo que sentimos. Esperamos que adivine nuestras necesidades y deseos, hasta nuestros pensamientos e intenciones. Muchas veces se espera que el otro sepa lo que quiero, cuando posiblemente, ni yo mismo se reconocerlo.
Muchas de las dificultades que aparecen en la relación se deben precisamente a esta falta de comunicación auténtica, a esta creencia de que el “otro”, si me quiere, tendría que adivinar lo que me sucede, lo que necesito, lo que pienso…
Es necesario hablar, aprender a comunicarnos, aprender a pedir clara y abiertamente aquello que necesitamos del otro, haciéndonos conscientes y responsables de lo que esperamos tanto de uno mismo como del otro.
Cuando diseñamos este taller, surgió el nombre “EL Arte de compartir” porque compartir la vida con el otro es una obra que vamos construyendo cada día de nuestra vida juntos.
Y esta vida juntos comienza cuando dos personas se conocen y se enamoran, aunque también es habitual que se inicie una relación desde la “conveniencia”, es decir, desde la decisión de que “esta relación” es lo que necesitamos en este momento de la vida.
Esta primera etapa se parece bastante en ambos casos.
Cuando dos personas se enamoran, de pronto "el otro" pasa a ser el centro de la vida y todo gira en torno a él o ella. De repente la vida tiene sentido, tiene un motivo de ser.
El contacto con los sentidos y las emociones es mucho más intenso y aparece la capacidad de percibir los detalles de las cosas más insignificantes de la vida. Incluso el sistema fisiológico segrega hormonas que provocan y mantienen la sensación de un estado de felicidad emocional.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en realidad, en esta etapa de la relación, no te estás relacionando con el auténtico “otro”, sino con la imagen idealizada que te creas del “otro”.
Por tu parte, lo que haces es poner toda la energía en mostrar sólo aquellos aspectos que “crees” que van a agradar y seducir al otro, “tapando” aquellos que no aceptas de ti mismo, que rechazas o censuras.
Como cabe esperar, poco a poco van apareciendo los aspectos “tapados” y surge el auténtico “yo” a la vez que se descubre que el “otro” no es exactamente como parecía.
El “enamoramiento” no se sostiene durante mucho tiempo y aproximadamente después de unos meses (a veces semanas) empiezan a aparecer los primeros desencuentros.
Y aunque en la etapa de enamoramiento la sensación que se vive es de “amar” con mayúsculas, estar enamorado no significa que ames a tu pareja.
En muchos casos, la idea de amor se basa en la fantasía de encontrar “esa alma gemela” con la que vamos a compartir todas nuestras cosas en común. Y cuando el enamoramiento decae, se justifica con la idea de que el “otro” no era la persona adecuada.
El amor es algo que se va construyendo al ritmo que se construye la relación, compartiendo y disfrutando los aspectos que nos unen y trabajando las diferencias que existen entre ambos.
Hay una forma popular de expresar la sensación que se tiene cuando se encuentra el amor: “Encontrar la media naranja”.
Es una imagen que se ajusta bastante a la idea que tenemos de que encontrar al otro significa sentirse completo. Éramos dos mitades incompletas y al encontrarnos, por fin, nos sentimos un “todo”
En la etapa de enamoramiento se puede sentir esa sensación de “ser completo” porque las maneras de hacer se complementan constituyendo el “nosotros”.
Es muy común que los aspectos del “otro”, que en un principio nos atrajeron, sean aquellos que no te reconoces en ti mismo.
“Me gusta porque es activo”… y yo me siento pasiva...
“Me atrae por su seguridad”… y yo me siento tan inseguro...
Es difícil darse cuenta de que en realidad, lo que se necesita para sentirse bien y completo con uno mismo, es desarrollar y potenciar esos aspectos que te niegas.
Es como si al inicio de la relación se viviera la fantasía de que “el otro” me aportará aquello que me falta y viceversa.
Una pareja cuando se crea, forma un sistema que se mantiene en un equilibrio de fuerzas en el que participan, además de los dos miembros de la pareja, todo aquello que cada uno trae consigo de su pasado: experiencias de relaciones anteriores, a veces hijos fruto de esas relaciones, las familias de origen, padres, hermanos y los vínculos que establecimos con ellos, toda nuestra experiencia de vida.
Una actitud ante la vida...
Hemos aprendido un modo de relacionarnos con el mundo, tenemos una idea de quién somos, de cómo deberían ser las cosas y los demás y también tenemos una idea de cómo debe ser el "otro" en nuestra relación de pareja ideal.
Pero las circunstancias de la vida van variando y muchas de las estrategias que conocemos, y que hasta ahora funcionaban, van siendo cada vez menos útiles.
Nos planteamos cambiar maneras de hacer, buscamos formas más hábiles de gestionar nuestros asuntos de forma más satisfactoria, pero en muchas ocasiones fracasamos o nos sentimos incapaces o tenemos miedo.
Dos maneras de percibir la vida
Al principio tenemos la fantasía de que el otro aportará aquello que me falta y así me sentiré bien conmigo mismo.
Al principio de la relación, funciona porque estamos abiertos a dar espacio al otro y a aspectos que sentimos como nuevos de nosotros mismos, pero poco a poco y a medida que aparecen dificultades, van surgiendo las diferencias, y para defendernos, cada uno se engancha a su estrategia conocida y las posiciones se van polarizando.
Cuanta más fuerza ejerce un aspecto de uno, más fuerza compensatoria hará el otro, con el fin de mantener una “tensión” que permita el equilibrio, aunque este equilibrio sea doloroso.
Conflictos...
Cada conflicto vivido con la pareja, pone en peligro el equilibrio y automáticamente buscamos maneras de reestablecerlo. Y es aquí donde recurrimos a esas estrategias conocidas y automáticas que “apagan” una situación conflictiva.
Lo que sucede es que “apagar” no significa que los asuntos se resuelvan, simplemente se partan, se tapan, se guardan.
Los asuntos pendientes se van acumulando produciendo sufrimiento y la relación de pareja se va deteriorando.
Los “roles" se van polarizando, las posiciones se fosilizan, sintiéndonos en un lugar del que no sabemos salir.
Tenemos miedo a los conflictos y los vivimos como algo que no debería ocurrir.
En nuestro “ideal” de relación, no existen enfrentamientos y por ello, cuando aparecen, no sabemos qué hacer con ellos.
Atravesarlos y resolverlos y el modo en cómo lo hemos hecho a lo largo de nuestra vida, han configurado nuestra manera de estar en el mundo, han configurado nuestra “personalidad”.
Cuando aparecen dificultades en la relación de pareja, vemos con mucha claridad cuál o cuáles son los cambios que debería hacer el "otro" para que todo funcionara, sin embargo resulta mucho más difícil “darse cuenta” de los propios aspectos que están dificultando la relación.
Si nos observamos discutiendo con nuestra pareja, podremos darnos cuenta que es mucho más fácil hablar del otro y lo que el otro te dijo, o te dice, o hace, o piensa, o siente que de lo que me está pasando a mí, de lo que siento, de lo que estoy necesitando, de lo que hago y cómo lo hago.
Muchas veces es difícil expresar lo que siento porque la dificultad está en reconocer y entender lo que me pasa.
De ahí la importancia de aprender a observarnos a nosotros mismos, a reconocer lo que estamos sintiendo en este momento y a hacernos responsables de ello.
Los conflictos son el motor que nos hace aprender.
Surgen en todas las relaciones y afrontarlos desde una actitud de enfado con el otro tiene consecuencias muy diferentes a tomarlos como un camino para superar mis propias barreras y poder acercarme al otro, encontrarnos y ayudarnos en nuestra propia transformación.
Dos personas que deciden estar juntas deberían preguntarse
¿Para qué quiero estar con el otro?
En muchas ocasiones pensamos que los conflictos se dan porque el otro no es la persona adecuada. Pensamos que separándonos acabaremos con el problema y podremos encontrar la persona ideal. Y así arrastramos nuestros asuntos no resueltos a la siguiente relación y a la siguiente, y a la siguiente...
En la relación de pareja, el otro nos hace de espejo y proyectamos sobre él/ella nuestras propias limitaciones. Por ello podemos afirmar que la pareja es la mejor escuela de crecimiento y de autoconocimiento.
Sin embargo no es imprescindible tener una pareja para vivir una vida plena y feliz.
Es una elección.
En las relaciones de pareja existen diferencias que pueden ser complementarias, otras que pueden ser integradas en la pareja si existe una buena comunicación y escucha entre ellos, y también podemos encontrarnos con diferencias que se hacen insalvables y que hay que tener en cuenta.
No vale la pena pasarse la vida echando la culpa al otro de que no sea quien yo quiero que sea.
Tomar conciencia de si verdaderamente no es posible compartir un camino juntos, si la decisión consiste en seguir cada cual con su elección de vida y plantearse una separación, puede ser una forma amorosa de liberar al otro y liberarse a uno mismo de sufrimiento.
La vida en pareja no tiene por que ser una condena.
La terapia con la pareja puede ayudar a encontrar una manera de cerrar amorosamente una etapa de vuestra vida compartida.
Llegar a acuerdos que faciliten el final de la relación, desde el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, para no cargar en el futuro, con el peso de asuntos no resueltos.